Carlos Ortiz
Un entramado de veredas, hogares pint
orescos y sonidos propios de un vecindario familiar son parte de la primera impresión que ofrece la urbanización Villa Brasil a los foráneos, se trata de una comunidad antigua, de más de cincuenta años de existencia y con una fuerte vinculación al crecimiento de Ciudad Guayana y a la ejecución de la planificación estatal para la urbe que hoy gozan sus habitantes.
De fronteras con tradición como el Campo B y Villa Antillana hasta sus límites con el indetenible desarrollo urbanístico de Villa Granada, la gente de Villa Brasil guarda historia y anécdotas detrás de las rejas, otrora jardines abiertos.
Caminando por sus veredas se llega al hogar de Florencio Chacón, un
aragüense de nacimiento que llegó a Guayana como miles, en búsqueda de una nueva vida y los rumores de progreso que trascendían kilómetros hasta los más alejados rincones del país; a Florencio le conocen por allí, gente de los kioscos, ancianos que caminan con el periódico bajo el brazo y los que salen al despertar de sus hogares para respirar un poco de aire fresco en el frente de sus casas, todos tienen buenas palabras acerca del respetable pionero de esta comunidad.
Su llegada se establece por 1966, cuando el entonces Banco Obrero, la sede que hoy ocupa el Inavi frente a la urbanización Chilemex, asigna un lote de la primera etapa de hogares en Villa Brasil, lo que hoy se conoce como “las casitas”, rodeadas de caminerías y que vistas desde lo alto, presentan características muy distintas al resto de urbanizaciones existentes en la ciudad con un acceso principalmente peatonal. Florencio toma como hogar una de estas construcciones y desde allí transcurre su vida, devoto a su gente y al bienestar de su familia.
Se vincula con las empresas básicas en esos primeros años de residencia, trabajó en Sidor como secretario de materias primas y en Venalum como encargado de trámites administrativos; antes de la construcción del puente sobre el Caroní, laboró por varios meses a cargo de una empresa de transporte que trasladaba a los obreros desde las construcciones de Puerto Ordaz al cruce de chalanas frente a San Félix.
“Los tiempos de antes”
Se anima a conversar sobre los primeros años de su comunidad, aunque la memoria a ratos le falla y repite en varias ocasiones los hechos que parece considerar más resaltantes; comenta que para la segunda mitad del siglo XX, Villa Brasil no era más que una extensa finca llena de ganado y aves de corral, un panorama completamente diferente al que se observó pocos años después con las aceleradas construcciones impulsadas en su mayoría por el Estado y la CVG. “Ya esto no es lo mismo de antes” expresa Florencio con la nostalgia característica de los ancianos y la mirada perdida en las vivencias del ayer.
Sus días transcurren junto a su esposa, Marina Castillo, a quien conoció en San Félix y tras el cruce de miradas se propuso conquistar, y sus nueve hijos, quienes visitan periódicamente a su padre en una casa antigua y sobria pero amable en sus detalles y vibra. Afirma deberle su vida a Villa Brasil, a sus casi ochenta años de vida, manifiesta su satisfacción ante la paz que esta urbanización le ha brindado, sale poco a la calle pero siente que cada vez que lo hace quienes le saludan lo hacen con afecto y según sus palabras “eso es la felicidad para mi, simples hechos como un saludo afectuoso”.
La comunidad y su gente
Florencio afirmó antes de concluir la entrevista, que define a Villa Brasil como una comunidad sensible pero con poca fuerza laboral, mucha gente desocupada y nuevos visitantes que llegan no siempre con las mejores intenciones; aunque su colorido y armonía aun pareciera negarse a desaparecer con el paso de los años y la pérdida de los valores; es por ello que se consultó la opinión de algunos vecinos sobre las fortalezas y carencias de este conglomerado, así como su percepción para el futuro.
Rita Salcedo opina que la mayor carencia de esta comunidad en tiempos recientes ha sido la presencia policial, lo que ha contaminado las aceras y el caminar tranquilo de sus habitantes con el ataque de los hampones, quienes sorprenden a las víctimas en los caminos estrechos de la urbanización; manifiesta su deseo de que pueda incrementarse el patrullaje y el contacto permanente de los funcionarios con los vecinos para neutralizar el impacto de la inseguridad en los hogares.
Carlos Jiménez expresa la necesidad de nuevas áreas verdes o plazas de recreación para los vecinos, agradece la adecuación de una cancha deportiva de usos múltiples por parte de la municipalidad y hace un llamado a los habitantes para conservar en buen estado la infraestructura y asegurar el disfrute de todos; piensa que se hace necesaria la colaboración entre los mismos vecinos y los entes competentes para darle una cara más amigable a las áreas comunes como plazoletas y terrenos baldíos con potencial para el uso recreativo. Lo cierto es que, en retrospectiva, las calles de Villa Brasil cobraron color de esperanza para el pueblo desde sus inicios a mediados de los 60s, una definición subjetiva pero llena de personajes ejemplares como Florencio Chacón, quienes entregaron su juventud al progreso de una ciudad que aún busca su propia identidad.



