
René Núñez
Por René Núñez
(*) Internacionalista
Nuestra dirigencia sindical pareciera no entender su propia tragedia política de estos tiempos -dizque de revolución- . Mientras más engaños, más golpes y más persecución reciben, la clase dirigencial se comporta más genuflexa ante un régimen que no los quiere como disidentes menos como defensores de los derechos laborales y reclamadores de reivindicaciones y beneficios contractuales.
Un craso error, por cuanto, el sindicato es la expresión más legítima de la clase trabajadora organizada, en su lucha permanente para lograr mejorar sus condiciones integrales como recurso humano que presta sus servicios y conocimientos a cambio de unos ingresos y unos beneficios que han de ser mejorado y conquistado de conformidad con los resultados financieros alcanzados por la empresa sea pública o privada.
Aquí justamente se ha centrado la histórica discusión patrono-sindicato, donde ambos actores les ha costado esfuerzo y comprensión para reconocer el punto de equilibrio de los resultados que por un lado satisfaga las aspiraciones de la masa trabajadora, y por otra, al patrono, quien le asiste el derecho no solo de propiedad de la empresa sino también el de asegurar la rentabilidad.
Por esa razón, sobre todo en los países con bajo desarrollo humano, los sindicatos han sido combatidos fuertemente tanto por patrones privados como públicos, obligando en muchas ocasiones a los dirigentes sindicales recurrir a huelgas y paros generales, para que se les reconozca sus derechos y reclamos. No pocas veces conquistas laborales han sido escamoteadas por intervención de los organismos estatales parcializados con los intereses patronales.
Resumiendo, la lucha de un sindicato se reduce a la conquista y defensa de un salario justo; lograr mejores condiciones de trabajo; empleo estable para todo trabajador; mejoramiento de las condiciones sociales y económicas, y, por último la permanente democratización de sus actividades.
Cuando el factor político o ideológico se ha mezclado en esa lucha, los esfuerzos laborales se han complicado y confundidos afectando los procesos de negociación y concertación.
Esta reflexión la traigo a colación a propósito del clima enrarecido y en turbulencia en que se encuentra actualmente el movimiento sindical de la región de Guayana. Con la llegada al poder de los que hoy gobiernan el país, el movimiento de los trabajadores ha tropezado con múltiples obstáculos creados por lo que en teoría, por ser socialistas defensores a ultranza de la clase obrera, deberían ser más bien aliados naturales para defender sus derechos y conquistas.
Por el contrario, han sido enemigos de los empleados, ejemplos de esa conducta la hemos notado en el cordón del aluminio, del hierro, del acero e incluso del sistema eléctrico, cuyos asalariados le han escamoteado beneficios contractuales logrados a fuerza de valentía y presión en tiempos pretéritos. Se les ha reprimido sus acciones de calle, se les ha perseguido y algunos han sido procesados y retenidos.
Han llegado al descaro de imputar a los obreros el fracaso de las empresas del aluminio, en especial el caso de ALCASA, por la crisis operativa y financiera, por los malos manejos de los recursos, y lo peor, han llegado a descalificar y considerar el sindicato como una institución innecesaria; la cual pretenden sustituir por otra: consejo de fábrica, institución que en nada representaría a los trabajadores y donde el régimen tendría el control absoluto evitando así protestas y reclamos.
Con la llegada de Carlos Lanz a la presidencia de ALCASA se impuso el modelo cogestionario socialista donde los trabajadores podían elegir sus gerentes en asamblea de portones; los servicios serían prestados por cooperativas; modelo que después fracasó pues la empresa se hizo más ineficiente, la corrupción se incrementó, y ALCASA se convirtió en otra caja chica para gastos de proselitismo ideológico a todo nivel; amén de la nómina paralela que se creó para trabajadores con oficios políticos definidos pro régimen.
Los trabajadores y los dirigentes que aplaudieron este manejo alegre de la empresa del aluminio fueron los mismos que denunciaron después la inviabilidad del modelo cogestionario. Lo triste y decepcionante es que con la llegada del nuevo presidente de CVG, el chino José Khan, se ha vuelto a insistir en la aplicación del modelo ahora en Venalum, donde los empleados elegirán por elecciones a los gerentes como si se tratara de cargos políticos cualquiera; una decisión política para distraer a la clase trabajadora de Guayana de caras a las próximas elecciones parlamentarias del 26 de septiembre. ¿Y de las inversiones? Nada se habla.
Amigos trabajadores, el llamado Plan socialista 2009-2019 para Guayana, prevé la eliminación de los sindicatos, serán los consejos de fábricas quienes harán las veces de esa misión, la diferencia es que no tendrán ninguna posibilidad de autonomía e independencia para llevar adelante su lucha de siempre frente a los patrones, más cuando el patrón estado que se trata de instaurar será la única voz autorizada para decir cuánto deben ganar, cuáles beneficios pueden disfrutar, y quienes los dirigirán. ¿Qué pasará con sus derechos? ¿Con su dignidad como trabajador y como persona?



