2 Si en alguna oportunidad atraviesa la populosa urbanización de los Sabanales en San Félix y pregunta por la “calle de los Peña”, seguramente se encontrará con la casa de nuestra protagonista. Alida Victoria Peña, una sonriente anciana que no duda en compartir con LaParaulataIlustrada sus vivencias y la firme intención de estimular el rescate de la historia de nuestra ciudad en la voz de sus habitantes.

La búsqueda por los pioneros del antiguo Puerto de Tablas nos llevó a ella, sus familiares, congregados en círculo mientras la entrevista daba sus frutos, a ratos mostraban ojos brillosos de nostalgia y orgullo entremezclados; uno que otro también corregía algunos datos poco precisos de Victoria o complementaba con anécdotas y sutiles regaños a la anciana, con el fin de que ella misma diera a conocer su historia de vida a los guayaneses de hoy.

Llegó al pueblo en el ’51 proveniente de El Manteco, la ahora turística y extensa zona de verdes valles y colinas. En aquel pueblo de fundos y haciendas, por tradición se dedicó a lo mismo durante su infancia y temprana juventud; la herencia de abuelos españoles y las costumbres ganaderas desarrolladas por esa colonia fundamentaron su amor por el campo en esos años.

A modo de cuento familiar, de esos a los que se les añade detalles y misticismo generación tras generación, se cuenta la historia de una enorme hacienda propiedad de la familia de Victoria, en la cual se encontraban importantes yacimientos de oro que durante años los campesinos explotaron, para luego vender las “pepitas” doradas en El Callao a un precio muy bajo, del que Victoria Peña recuerda a 1 Bolívar cada gramo. Dicha hacienda perdió eventualmente la administración por parte de la familia, pues ante la imposibilidad de demostrar su dominio bajo papeles o documentos, fue utilizada para una empresa que aún reside en el valle.

3 Tras la búsqueda de nuevos horizontes, llega a San Félix, en principio a Dalla Costa, un barrio histórico para Ciudad Guayana pues para esos años, Victoria recuerda que era el punto de encuentro y diversión para adultos en horas de la noche, muchos de ellos provenientes de los trabajos en Puerto Ordaz luego del paso por la chalana en el río Caroní; la vida en ese barrio fue tranquila y serena, tiempo dedicado a los oficios de la casa y a observar el crecimiento indetenible de sus hijos, quienes en cada momento son orgullo para esta anciana y su lucidez a ratos de impresión.

Luego de ese primer encuentro y asentamiento en tierras guayanesas, el trabajo y su vaivén son el motivo de traslado para la familia hacia El Pao, donde sus dos primeras hijas ven pasar su niñez en los frescos montes del sector y en las visitas recurrentes a familiares que residían allí, también fruto de historia familiar pues se dice que en aquellos campos permanecen enterradas hasta hoy, un buen número de morocotas de oro, la afición de un pariente que se llevó a la tumba su secreto y fortuna.

1 Los años de trabajo en la Iron Mines y la vida en el Pao llega a su fin cuando Victoria, su esposo e hijos se mudan al centro de San Félix, del que recuerda su tranquilidad y colorido pues gran parte de la zona donde residió la conformaban las primeras viviendas que se establecieron en el sector; fue allí donde trabajó por 24 años en un par de lavanderías que prestaban sus servicios a la comunidad­; “El Sol” y “La Mundial” fueron algunos de los lugares donde Verónica laboró en las serenas veredas del viejo pueblo.

Para 1978 la familia se muda nuevamente, esta vez a Los Sabanales, en una amplia casa que mantiene el dinamismo gracias a las visitas constantes de familiares, a los que Victoria agradece pues no parece disfrutar de la soledad. Esa casa ha sido desde entonces el punto de encuentro para cumpleaños y festividades decembrinas de la numerosa familia, que se extiende desde Victoria y sus once hijos hasta la descendencia en aumento que visita a su abuela con el mismo cariño y respeto de sus progenitores.

4 Según afirman sus hijos al unísono, no hace falta público infantil para las fiestas de cumpleaños de la prole, con los nietos y bisnietos se asegura una fiesta de proporciones inolvidables y Victoria asegura sentirse homenajeada en cada visita que hacen en su casa, su familia ha sido la única obsesión y el motivo de vida bajo sus palabras entrecortadas entre los pensamientos del ayer.

Un viejo Fairlane gris aún funcional, es también una anécdota digna de compartir; los paseos de domingos y días feriados tenían como protagonistas a la conversadora Verónica Peña y el viejo carro, en el que se acomodaban más de quince personas para los viajes al río y Sierra Imataca, donde muchas veces se realizó el encuentro familiar de las generaciones Peña.

“Lorenzo” un viejo loro bajo el cuidado de Victoria, es otro de los elementos atractivos de esta historia. “Lorenzo” acompaña a la anciana en cada uno de sus pasos y se mueve en libertad por toda la casa. Al referirse al ave, sus hijos recuerdan la más cómica de las anécdotas, cuando la criatura acompañó a varias de sus hijas hacia la calle contigua a su casa, y devoró varias galletas de un comercio aledaño; sus dueños sabían quien había sido el responsable y se acercaron ofuscados a reclamarle a Victoria, quien supo lidiar con la situación sin privar de su libertad a la mascota de los Peña, quien hace más de una década es referencia para el hogar de la abuela en Los Sabanales.

La cuenta de celebraciones a Victoria por su legado y enseñanza lleva ya dos fiestas, una a los 50 años y otra a los 60, la vieja casa de Los Sabanales y el agasajo a su abuela, es la razón recurrente para los grandes encuentros de la ya numerosa familia y los vecinos que se suman a la sana diversión. El próximo evento de importancia será el cumpleaños de la abuela, al que Victoria se refiere como “una fiesta a lo grande, como si fuera una chamita”, sus hijos sonríen y dejan que sea ella quien tenga siempre la última palabra.

Carlos Ortiz