Imagine regresar en su memoria algunas décadas atrás, en el Puerto Ordaz de finales de los ’70; imagine también transitar hacia el hoy conocido y tradicional urbanismo de Los Olivos, que para ese entonces era “monte y culebra” y casi nadie se atrevía a mudarse a ese rincón de la ciudad cercano al río que parecía tan lejano de todo y solo conformaba un grupo de casas relucientes construidas en su mayoría para los trabajadores de las empresas básicas.
Fue en esa urbanización pionera que nace la historia de un puesto de venta de chucherías y prensa que hasta el momento abre sus puertas de forma ininterrumpida, lo que en voz de los vecinos del sector le hace formar parte de la historia de Los Olivos y su gente.
En aquellos años, cuando para hacer las compras necesarias había que dirigirse al centro y desde esa urbanización representaba todo un viaje que tomaba su tiempo y que por medio de una estrecha vía le conectaba con el resto de la ciudad.
Un negocio de entrega
María Lidia Carballo de Labarca es chilena de nacimiento, pero lleva en Ciudad Guayana más de treinta años, con una familia que se vino de Chile bajo su ejemplo en búsqueda de oportunidades y escapando de la difícil situación de ese país del cono sur para la época.
Llegó por la invitación de un hijo que se vino primero, arriesgando una vida en un país desconocido y buscando la manera de empezar de nuevo; publicista de profesión, Gonzalo Labarca llegó a Carupano y luego en las costas orientales se dedicó por algún tiempo a dar clases en institutos universitarios hasta que la atrayente posibilidad de un trabajo en las empresas básicas de Guayana en pleno auge le motivó a su residencia fija en Ciudad Guayana.
Se establece en la urbe, en principio en plan de “solo unas vacaciones”, para visitar a unos amigos que tenía en el Campamento Palúa; la demanda de mano de obra en el Plan IV de Sidor y la ampliación de Alcasa representaron una buena oportunidad para asentarse y la ciudad le recibe de manos abiertas.
Pasa algún tiempo y la estabilidad hace que Gonzalo Labarca persuada a sus padres para que se muden a Guayana; fue una decisión arriesgada abandonar todo y apostar por un lugar que apenas tomaba su forma. Llega entonces la señora María Lidia y con ella la oportunidad de un trabajo seguro en cualquier rama que se propusiera; comienza de inmediato en la venta de prensa y chucherías en el antiguo Aeropuerto de Puerto Ordaz, un negocio sencillo que le permitió darse a conocer con la gente, conocer la idiosincrasia del venezolano y desarrollar paso a paso un amor por una tierra en principio extraña, hoy en día toda suya.
En paralelo, la esposa de Gonzalo Labarca también inicia su puesto de prensa, solo que escoge el ya mencionado inhóspito urbanismo de Los Olivos para la época, y construye un kiosco que permanecería en pie a lo largo de casi treinta años de historias, generaciones y una población identificada con su entorno.
Ambas, se dedican entonces por varios meses a los primeros pasos de su negocio, abrir temprano, recibir la prensa, conversar con los vecinos sería ya una rutina grata para nuera y abuela en su nuevo hogar.
El puesto se establece con una base de clientes sólidos pero la necesidad de tener a María Lidia y su esposo cerca de casa, o la posibilidad de unificar esfuerzos en un solo negocio, conforma un trabajo conjunto entre la esposa de Gonzalo Labarca y su familia, y el kiosco comienza a diversificar sus productos y a contar con la atención de los esposos Labarca y su nuera de forma definitiva.
Desde hace algún tiempo, las condiciones de salud de María lidia le han impedido continuar con la atención del negocio a tiempo completo, y ha sido su nieto, Andrés Ruero, quien se ha encargado de mantener la tradición familiar.
A sus 84 años y una amnesia incipiente, regularmente visita a su negocio, la razón de vida y el motivo de orgullo para quien la conoce; es ferviente religiosa y asiste puntual a las celebraciones litúrgicas de una sinagoga de la ciudad.
Manifiesta estar enamorada de Ciudad Guayana, recuerda sus primeros años de impresión ante las diferencias notables entre Chile y la Venezuela tropical, “oscurecía temprano y la lluvia no daba frío, era un paraíso para mí”, confiesa que la gente de la ciudad ha sido un ejemplo de armonía y buen trato, espera que a pesar de las nuevas generaciones, la amabilidad del guayanés nunca se pierda y siempre reluzca ante todo.
Sus hijos y nietos la definen con cariño como una mujer atenta, trabajadora, tranquila y amante de la estabilidad y constancia en su negocio, pues ha sido ejemplo para toda una comunidad que la recuerda como parte de ella, en un kiosco que ha visto pasar generaciones, y ha entregado alegría, noticias, golosinas y una amiga a todo aquél que en algún momento se detuvo por allí.
Carlos Ortiz



