por Eduardo CASANOVA
Una mañana muy temprano un joven escritor leyó un titular, según el cual un venezolano era finalista en el Premio Barral. Por pura curiosidad leyó el texto y descubrió con gran sorpresa que el finalista era él. No había enviado obra alguna, pero se le ocurrió que la editorial a la que sí había entregado una novela para su publicación, bien podría haberla mandado a España. Y así era. La gerente literaria de la editorial había hecho las fotocopias del caso para hacerlas llegar al premio. Y le aseguró que tenía muchas posibilidades de ganarlo, pues ella estaba en comunicación con Carmen Balcells, la agente literaria número uno de España, madre del llamado “Boom”, que le había dicho que todo apuntaba a que el joven escritor sería el ganador del premio, un premio que en esa época era realmente consagratorio. Y las cosas salieron aparentemente muy bien: la novela del joven ganó con cinco votos, contra cuatro que obtuvo “Ágata ojo de gato”, de José Manuel Caballero Bonald, español, y uno que fue para “Paréntesis”, del chileno Mauricio Wacquez. Pero ocurrió que Carlos Barral, dueño del premio y de la editorial, se dio cuenta de que el libro ganador no pasaría la censura española (era el tiempo de Francisco Franco, Caudillo de España por la Gracia de Dios), y sobre la marcha (o sobre el pucho, como dicen los argentinos) envió a su segundo de a bordo a conversar con el ganador, para pedirle que eliminara varios párrafos de la novela, que eran los que impedían que la censura española permitiera su circulación en España.
El enviado se entrevistó con el ganador en un largo almuerzo en un restaurant italiano de la avenida Francisco Solano López, y no logró convencer al autor de que había que eliminar esos párrafos. El autor, de 34 años y lleno de ideales, sostenía que al hacer esas operaciones quirúrgicas el personaje de la novela se desnaturalizaba. Prefería perder el premio a perder la novela. Al no lograr ese cambio, Barral, que era uno de los jurados, cambió su voto, y el premio le fue otorgado a Caballero Bonald. Pero ¡sorpresa! Caballero Bonald lo rechazó, en un gesto que lo honra. Y esa fue la muerte del premio y el inicio de la caída en picada de la editorial de Carlos Barral. Es una historia que puedo contar con lujo de detalles, porque el joven escritor de ella soy yo. Y la novela que finalmente se quedó sin premio es “La agonía del Macho Luna”, mi segunda novela, que sin mi conocimiento Mary Ferrero fotocopió y envió a concursar el Premio Barral 1974. Otra demostración de que lo premios literarios suelen ser simples farsas, gobernadas por la comercialización del libro y no por la calidad de las obras. ¿O no?…



