Por Genio Lobo
Venezuela en los actuales momentos atraviesa por una crisis política, económica, social, con el agravante de la ausencia de un liderazgo creíble y con planteamientos ante el futuro, y por ende, un conocimiento analítico y serio de la historia política venezolana.
El país termina de llegar a doce años de un gobierno que se ha dedicado a subsistir sobre el fantasma ideológico de un llamado socialismo del Siglo XXI, Se ha cumplido un nuevo año del inicio del proceso democrático del 23 de Enero y del tan cuestionado Pacto de Punto Fijo.
Estos hechos y la lectura de dos interesantes libros aparecidos el pasado año: “La Rebelión de los Náufragos”, de Mirtha Rivero, y “Yo Acuso”, de Agustín Muñoz, me han inducido a varias reflexiones sobre el pasado, presente y futuro político de nuestro país. “La Rebelión de los Náufragos”, constituye un análisis de los hechos que rodearon al segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, la escritora nos revive una serie de circunstancias, unas que permitieron la
llegada de CAP a su gobierno, otras que frustraron un proyecto de gobierno que imposibilitaron cambiar el rumbo político nacional.
A manera que nos vamos adentrando en su lectura, retomamos pensamientos e inquietudes sobre hechos políticos que fueron conformando la actual Venezuela. Aún cuando no hace referencias a los conflictos internos que condicionaron el proceso de desnaturalización de la Acción Democrática original, así como del partido Social Cristiano COPEI, ellos se refrescan y nos permite entender mejor lo que estamos viviendo.
Carlos Andrés Pérez, fue un político que desde el momento mismo en el que presentó su primera candidatura presidencial dio un viraje a la conducción política, incluso permitió oxigenar a la misma acciondemocrática, que ya empezaba a sentir el desgaste y esclerosis de su organización. Las tres divisiones internas desgastaron la
organización, tanto en el relevo generacional ideológico y organizativo, como en la actualización de sus cuadros; los viejos dirigentes unos idos a nuevas tolda organizativas (MIR, (PRN-PRIN); MEP) y otros agotados en su edad, fueron llevando a la organización a constituirse en un ente clientelista, con una base ideológica no renovada y una dirigencia que vivía de un pasado, que permitió a la organización ser una de las mejores instituciones políticas en lo
ideológico, en lo organizativo y la frescura y capacidad intelectual de cuadros de dirección.
Paralelamente a Acción Democrática, el partico Social Cristiano Copey, también sufría sus propios desgastes, tanto del poder, como el sometimiento a la dirección personalista de su fundador Rafael Caldera; si bien es cierto, que los socialcristianos no se enfrentaron a las divisiones que agotaron a AD, ellos fueron sometidos a una vida de reverencia al personalismo y una pérdida de combatividad, donde el relevo generacional, se mediatizó tras la sombra del fundador.
El resto de los partidos políticos se constituyeron en organizaciones integradas por políticos que enmohecieron ideológica e intelectualmente, sólo vivían para, devaneos intelectuales, cuestionar al partido y al gobierno de turno, y lo que es más grave, a la espera de un hecho político que les permitiera llegar al poder, pero carentes de proyectos políticos. Crearon sus propios conventos y sus propias letanías.
Las décadas del ochenta y el noventa marcan el inicio de un proceso de transición, de un modelo de Estado y Gobierno agotado a otro, con una visión moderna de cambio y de participación social, donde la Sociedad Civil emergente y los sectores políticos alternativos, que están naciendo a la vida política, procurando construir cada vez mayores espacios de participación deberán entrar a competir y compartir con los partidos políticos.
Debemos recordar que en el ámbito de lo político ocurren los procesos por los cuales se establecen objetivos para la vida social y se proponen medios para alcanzarlos, mediante mecanismos que deben ser reconocidos como válidos por buena parte del todo social. Indiscutiblemente los partidos políticos y los grupos de presión ejercen un papel fundamental en estos procesos. Ahora bien, los partidos políticos tradicionales se fueron distanciando de sus fines
originales, para transformarse en cúpulas políticas protectoras de sus propios interés con desmedro del interés social, se desgastaron lentamente y sus actores lo ignoraron. Los grupos de presión no actuaron y la población en general se fue haciendo pasiva e indiferente. Un sentimiento social reprimido e insatisfecho se fue acumulando creando las bases para una explosión social indeterminable.
Visto de esta forma la complejidad y diversidad de lo que hemos hablado coloca sobre el tapete, hoy en día, el problema de cómo articular consensualmente a la base de la sociedad con la cúpula dirigente, ya que los objetivos o metas sociales propuestas deben organizar de un mínimo respaldo por parte de los distintos grupos sociales.
En un trabajo realizado por José Antonio Rivas Leone, (publicado en Stockholm REVIEW OF Latin American Studies Issue No 1. November 2006), establece: “Los años noventa se definen como la década de la antipolítica, etapa ésta en la cual las organizaciones partidistas se vienen a menos. Destacan por lo menos, en cuanto a Venezuela se refiere, la situación de una crisis que tiene una serie de indicadores, y que se manifiesta básicamente bajo la forma de una crisis de liderazgo, de la representación e incluso participación política. Ésta última tendrá naturalmente fuertes influencias en el desempeño de los partidos políticos como actores tradicionales de la política democrática y en las percepciones de los ciudadanos consecuentemente. Es decir, el modelo de democracia de partidos que devino en partidocracia, en toda la década de los años ochenta y noventa, acusó una serie de distorsiones y deficiencias, que terminarían socavando las propias bases del sistema de partidos impuesto desde 1958, y que por falta de autocrítica, relevo generacional calificado, problemas serios de representación, e incluso, la adopción del proceso de descentralización a partir de 1989, que en conjunto creaban las condiciones para la emergencia del “fenómeno Chávez” y la consecuente transformación y posterior sustitución de los partidos políticos tradicionales, por nuevos actores políticos y formas de hacer política de diversa índole.” El mismo autor establece dos premisas: en primer lugar, el proceso de agotamiento, desinstitucionalización de los partidos y del sistema de partidos, es el producto de una creciente disfunción de los partidos como institución, en especial de la democracia representativa, y en segundo término, los efectos generados por el proceso de descentralización que afectó notablemente a los partidos como un todo, pero además, pudiéramos agregar un tercer elemento, Carlos Andrés Pérez se sobrestimó en sí mismo como líder político, por una parte, y por la otra, desestimó, gran error político, haber desestimado el rechazo que la cúpula adeca le había presentado a su programa económico de gobierno. Continuará con: El programa de gobierno de CAP II, AD y las fuerzas económicas.



