4 Una parada obligada para muchos, desde niños hasta viejos, en búsqueda de una pequeña y dulce muestra de los sabores propios de la región

Existe una esquina en la urbanización Manoa de San Félix, que desde hace unos treinta años se ha convertido en el punto de parada certero para refrescarse durante el día y saborear las frutas tropicales en forma de helado.

Doña Maura Salgado, como es conocida la sencilla mujer que inició este negocio en la populosa comunidad, nos relata su historia y los años de experiencias y anécdotas detrás de los helados y la venta que nunca se detiene. Para el residente del populoso urbanismo de Manoa, es una visita obligada y recurrente, como parte del patrimonio de este cordial vecindario que acogió a gran parte de la primera generación de guayaneses.

.- ¿Cómo surgió la idea de fabricar helados y adoptarlo como un negocio?

De pequeña, vivía con mi familia en el Barrio La Laja a orillas del río, que para ese entonces era un lugar bello, con piedras llamativas y playas que comenzaban en la mitad del Orinoco; junto con una amiga cercana, comencé a ayudarle con la fabricación de los helados en base a frutas de la zona, sin mucha complicación, los envasábamos y luego la acompañaba a venderlos en el centro de San Félix, eso duró un buen tiempo hasta que luego se dejaron de fabricar y no vi más helados hasta años después. Ya luego de casarme y mudarme a la urbanización Manoa, mi hijo, que tenía unos doce años en aquella época, me convidó a que me dedicara a fabricar helados para la venta, pues aseguraba que tendría éxito si me organizaba y lo convertía en un negocio constante; así fue, poco a poco se regó la voz con mis helados y comenzaron a buscarme por la “casa de los helados” o los “helados de Doña Maura”. En esos años, inauguraron el colegio Juan Vicente Cardozo, y yo comencé a llevar una cava con helados y me instalaba en las puertas del colegio hasta que poco a poco se vaciaban los pequeños potes, posteriormente se construyen liceos y la comunidad se vuelve un poco más transitada por lo que se necesitó fabricar más helados y aumentar su variedad de sabores. Hoy en día viene gente tanto de San Félix como de Puerto Ordaz, El Pao y muchos carros por puestos que hacen su parada diaria para comprar mis helados.

1 – ¿Cómo era Manoa en los comienzos de su negocio?

Yo vivía en San Félix (el centro), en la Calle Chipia y luego de irme a vivir con mi esposo, Ismael Mirabar, decidimos mudarnos a Manoa; se que esta es la tercera urbanización planificada de este sector, siendo las primeras la UD-102 o Simón Bolívar y luego Moreno de Mendoza, a lo que se añade posteriormente Manoa. Nos mudamos el 29 de junio de 1967 y recuerdo que unos años antes, ya todo el urbanismo estaba listo, con calles asfaltadas, alumbrado, sistema de cloacas y demás, pero no había ningún residente todavía, poco a poco la gente comenzó a darle vida a esta zona y pienso que aún hoy se conserva como un barrio sano de gente buena y trabajadora. Varios de los residentes son pioneros como yo, y creo que gracias a ellos San Félix tiene una historia que contar, a los que se suma la labor de los medios de comunicación y sus profesionales que han podido difundir cada pequeño relato y evitar su pérdida en el tiempo con las nuevas generaciones.

.- ¿Cómo es el proceso detrás de un helado listo para el consumo?

Siempre he estado al frente de la fabricación de los helados, hasta hace algunos meses que ya consideré que necesitaba ayuda y una sobrina se ha vinculado con todo lo concerniente a su elaboración. Depende de la fruta que se use, lleva su proceso, por ejemplo, con el guanábano, que es uno de los helados preferidos por la gente, se extrae su pulpa y luego se elabora el helado, así como con el mango que se sancocha primero; otros productos que no son naturales como el maní, el helado de galletas o ron con pasas tienen una preparación un poco más fácil, pero los de frutas tropicales son los que llevan más trabajo y se venden mucho más. A veces, una fruta escasea o no es época de cosecha y no pasa mucho tiempo antes de que la gente pregunte por la falta del helado, como el jobo, que se da por épocas y hay meses donde no se fabrica este sabor, pero creo que la gente ya conoce mis helados y ha probado, en su mayoría, toda la variedad existente.

.- En retrospectiva, ¿Qué le agradece a esos helados?

Le debo todo a estos pequeños helados, gracias a ellos mis cinco hijos han podido estudiar, tengo abogados, técnicos en administración y hasta marineros, todo el bienestar económico que este negocio nos ha dado me hace sentir orgullosa y no decaer nunca en algo que se ha convertido en tradición o costumbre para mucha gente. Tengo nietos a quienes también he podido ayudar gracias a lo recolectado por los helados, desde guías de estudio, el pasaje para el autobús o cualquier gasto que uno de esos muchachos tenga, se ha podido costear gracias a las ventas de los helados.

.- ¿Cómo transcurre el día de trabajo?

8 Gracias a Dios, desde que abro las puertas a las siete de la mañana hay ventas, me gustan más los días soleados pues por razones obvias la gente compra más helados (se ríe con picardía), de allí en adelante los clientes son diversos, como los niños pequeños, a quien se debe darles mucha paciencia pues son muy indecisos y no saben que sabor elegir, hasta los adultos que llegan seguido en búsqueda del helado que les refresque el día. Las épocas más movidas son las de Semana Santa y Carnavales, en ésta última, mucha gente que asiste a las carrozas de la avenida Gumilla hace su parada por mi casa y se llevan varios helados. Cierro aproximadamente a las diez de la noche, motivada también por la inseguridad, pues ya en dos ocasiones han entrado a la casa con la intención de robarme; eran muchachos jóvenes e inexpertos, pero esa experiencia es muy desagradable y no se la recomiendo a nadie, sobretodo porque uno piensa que dentro de su hogar es el sitio de paz y seguridad por excelencia, a lo que un encuentro con los antisociales parece lejano, pero es posible. Ahora trabajo sin abrir las rejas y siempre observo bien, sobretodo en la noche, quién es el que llega en búsqueda de los helados, si para mi es una persona de actitud sospechosa, pues me encierro y no le atiendo, hace unos años esa situación era totalmente ajena para San Félix, es algo que ha cambiado mucho.

Mis vecinos me han montado la competencia y han comenzado también con su venta de helados, aunque no me molesta, pues se que el sol sale para todo el mundo y las oportunidades son para todos. Gracias a este pequeño negocio artesanal toda una familia ha surgido y ahora que tengo tantos años al frente, se que fue una buena decisión que volvería a tomar si tuviese que elegir nuevamente.

La entrevista concluye y ya más de cinco clientes esperan por su helado respectivo, varios de ellos manifiestan que este negocio es parte de sus vidas, de su cotidianidad, y que es ahora cuando se dan cuenta de que pequeños detalles como este, forman el sentido de pertenencia hacia un pueblo y su gente. Doña Maura continuará con sus helados en la colorida casa esquinera que por 34 años ha entregado sabores autóctonos en preparación artesanal a la comunidad guayacitana.

Carlos Ortiz